La luna

La luna

Sábado 20 de noviembre

Esta noche me desperté nueve veces. Aunque me sentía completamente cansada, no logré conciliar el sueño por más de dos horas seguidas. Mientras tanto, la luna tan despierta y deslumbrante, me iluminaba el rostro. Recordé que a los cinco o seis años creía que la luna alumbraba sin descanso todas y cada una de las noches del año. Me fascinaba su resplandor. Me intrigaba la idea de que una bombilla de esa magnitud pudiera permanecer suspendida en el cielo, sin apagarse ni caer. Especulaba, que tal vez, alguien tenía la tarea de repararla y mantenerla encendida.

El día que descubrí que la luna no velaba sin descanso sentí pavor. Me imaginé en la piel de los marineros, que cruzaban el Atlántico en la oscuridad sin su luz como guía. Entonces un escalofrío recorrió mi cuerpo con rapidez. Primero lo sentí en los parietales del cráneo, y luego descendió por la nuca hasta los brazos, en donde se posó levantando cada uno de los vellos, y sentí que desapareció en las entrañas como una fuerte descarga. Para mí, la luna encarnaba una compañía. Dios mismo lo había prometido en el Genesis: que dejaría dos lumbreras: una pequeña y otra grande, para alumbrar el día y la noche. En esa edad también creía que el mar era cálido, porque quienes lo conocían, así me lo describían. No tenía referencias propias, pero luego una película: Titanic, me reveló que el mar, podía llegar a ser tan frío, que incluso podía matarte. —Espero no verme nunca obliga a viajar en barco de noche—. No entendía quién, por voluntad propia, decidía navegar por un océano helado y oscuro.

Me sentí traicionada por la luna. Quise saber sus horarios; en qué ocupaba su tiempo cuando decidía apagarse y, sobre todo, el sentido de aparecer en el día. Tal vez se retiraba para recargar su energía, pero era una respuesta que no lograba encontrar en las personas que me rodeaban.

Decidí preguntarle sobre esto a la menor de mis tías; la recuerdo en sus días de muchacha con el cabello negro y rizado, y unos hipnotizantes ojos como la misma luna; ¿por qué se ve la luna algunos días y en otros parece ausente? Algo así le formule, estaría mintiendo si escribiera la pregunta exacta, pues tengo vagos recuerdos de mi infancia. Ella respondió que lo que veía no era la luna, sino su reflejo. La respuesta, me desveló por días. ¿Cómo podía la luna pasar de ser una bombilla enorme en la noche a un reflejo difuso de día? Me recordaba al humo suspendido en el aire tras una calada de cigarro o a los espíritus de las ánimas benditas. Mi madre me habló de las animas benditas desde muy pequeña. Ella solía dejar algunas monedas en los agujeros de las paredes del pasillo de casa, aquella casa en la que viví hasta los once años. Nos advertía a mis hermanos y a mí, que no debíamos tocarlas ni gastarlas en golosinas. Si se nos ocurría hacerlo, las ánimas de seguro nos jalarían de los pies por la noche. Me imaginaba la sensación de ser tirado de los pies por un ente que no se ve, traté de imaginármelo con todas los recursos de mi memoria, pero no logré hacerme con una idea. A pesar de nunca haber tomado sus monedas, jamás dormí con los pies descubiertos. Ella también decía que iba a los cementerios a rezar por las ánimas benditas. Hoy me pregunto si realmente lo hacía. Es algo que nunca me he atrevido a preguntarle. Quizá lo aprendió de mi abuela paterna, que decía hacer lo mismo. Hasta el día de hoy, hay dos cosas que me intrigan: saber si mi madre cree que aquellos rezos tuvieron algún efecto y si esas monedas siguen escondidas en aquella pared. ¿Habrá habido algún niño en esa misma casa, que, alguna vez se haya comprado un helado con ellas? Pobrecillo, le jalarían de las patas y no sabría por qué.

En el kínder, cuando nos pedían dibujar la noche, yo pintaba la luna como un queso: un queso agujereado al que le faltaba un octavo. Siempre se dijo que la luna era de queso. ¿Por qué un queso y no una manzana o una pelota de golf? Me pregunto quién se habrá formulado por primera vez esa idea.

A mis 24 años, supe que el “queso-luna” que dibujaba en el kínder, con aspecto amarillo y agujereado, se llamaba Emmental. Me costó 24 años y atravesar un continente para descubrir que existía. Recuerdo que la luna tenía distintas texturas en mi imaginación: a veces era un queso blando como una cuajada, pero la mayoría de las veces era ese queso Emmental. Pensé que cada persona elegía su queso favorito para representar su luna. Creo haber probado casi todos los que existen en el mundo. Los reconozco con solo mirarlos: curados, semicurados, blandos, aromáticos, frescos, con hongos, avellanados. Aprendí que un queso puede ser avellanado. Me gusta probar los quesos de los lugares que visito; siento que, a través de su sabor, puedo reconocer la identidad local.

En mis dibujos, las lunas de queso siempre iban acompañadas de un ratón. En las caricaturas, estaban siempre juntos: no había queso sin ratón, ni ratón sin queso. Pensaba que los ratones solo comían queso y que los agujeros en la luna se debían a ello.

Un día, un ratón se coló en mi casa. Pero mi padre, en vez de queso, puso trozos de carne en la trampa. «Esto lo atraerá más rápido», dijo. Así supe que los ratones no solo comían queso, sino que comían de todo para no morir de hambre. En la madrugada, escuché el sonido brutal e implacable de la trampa. Nada que cayera en ella quedaba de una pieza. Yo esperaba con ansias la mañana para ver al ratón atrapado. No porque le deseara la muerte, sino porque quería comprobar si la trampa realmente funcionaba.

Se demoró un par de noches en caer. A veces lograba llevarse el trozo de carne sin quedar atrapado. Era un ratón temerario, tal vez creyó que era invulnerable. Un día, encontramos una pequeña mancha de sangre en la trampa y en el suelo de la cocina. Mi padre dijo que seguramente se había lastimado una pata.

Mi curiosidad infantil me llevó a buscar por toda la casa, intentando dar con la diminuta pata de nuestro huésped herido, pero no tuve éxito. Hasta que una noche la suerte del ratón se agotó. Amaneció en la trampa, partido a la mitad, con los ojos abiertos. De pelaje grisáceo, grueso, sucio de barro y mezclado con su propia sangre. No se parecía en nada a los ratones que dibujaba en el kínder. Su cuerpo yacía inmóvil, pero pensé que su alma había subido a la luna, a su nuevo hogar de queso Emmental. Ahora él era parte del reflejo en los días con luna. Él se había vuelto a apropiar de una noche de insomnio. 

L. J. Rodríguez

 

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